El Tesoro de Rumiñahui
Más de diez mil millones de dólares han sido producidos por las minas del Ecuador desde 1930. Cada año, el país exporta aproximadamente 500 millones de dólares en oro. Sin embargo, en la práctica, ese oro es prácticamente regalado. Al pagar el 12 % por cada dólar producido y recuperar apenas un 3 % en regalías, el Ecuador subsidia alrededor del 9 % del valor de su propio oro. En términos simples, el país paga para que le roben su riqueza.
Para comprender por qué el Ecuador pierde tanto dinero con la explotación minera —y por qué esta situación debe terminar de inmediato— es indispensable entender primero cómo funciona el sistema de la dolarización. Ecuador se comprometió a pagar el equivalente al 12 % del PIB: un 9 % por concepto de señoreaje y un 3 % por la impresión del dólar. Pero eso no es todo. Para recibir esos dólares, el país debe vender bonos ecuatorianos, por los cuales paga entre un 8 % y un 10 % de interés, además de entre un 3 % y un 4 % en costos de colocación. En otras palabras, Ecuador pierde nada menos que entre un 23 % y un 28 % por cada dólar que entra al sistema.
El problema se agrava aún más cuando se considera que la minería forma parte del PIB. Si Ecuador produce 500 millones de dólares en oro, el 12 % de esa cifra se carga automáticamente como obligación dentro del PIB, mientras que el país recibe únicamente un 3 % en regalías. El modelo y el mecanismo que he diseñado para cambiar esta dinámica pueden convertir al Ecuador en uno de los países más prósperos del mundo. La clave está en hacer de cada ecuatoriano un accionista de las corporaciones que operan en el país y en integrar el oro como parte de la moneda de reserva nacional. He creado los planes específicos, el software y la forma de implementarlos para que Ecuador deje de pagar por el saqueo de su oro y, en cambio, cada ecuatoriano pueda recibir hasta un 7 % anual en dividendos.
Quizá por esa razón no resulta irrelevante recordar que, desde hace siglos, existe la leyenda de un tesoro oculto por el general Rumiñahui: un tesoro sin precedentes, escondido en lo profundo de las montañas, conocido como el oro de la Cueva del Jaguar. Se dice que nada menos que 750 toneladas de oro fueron ocultadas por Rumiñahui.
En 1532, el aventurero Francisco Pizarro llegó con apenas 180 hombres españoles y entre 700 y 800 esclavos reclutados en la isla de Cuba y en Panamá para enfrentar al soberano del llamado imperio del “Birú” —nombre anterior a la palabra Perú— en la ciudad de Cajamarca.
Pizarro tuvo una fortuna extraordinaria al llegar en el momento exacto en que el supuesto “Imperio del Tahuantinsuyo”, más fábula que realidad, se encontraba desgarrado por una cruenta guerra civil. La tribu dominante, pretendía gobernar sobre innumerables pueblos con lenguas, culturas y costumbres completamente distintas. Sin embargo, los testimonios escritos en las rocas halladas en la selva colombiana demuestran que los seres humanos han estado en Sudamérica por al menos 75.000 años, lo que debería poner fin a la simplificación absurda de hablar de un imperio homogéneo. Estas evidencias, minimizadas por haber sido encontradas en Sudamérica, son sin duda mucho más antiguas de lo que se nos ha dicho.
Es necesario aclarar un punto fundamental: nunca existió una tribu llamada “inca” como identidad étnica unificada. Ese nombre fue impuesto por los españoles, quienes creyeron erróneamente haber encontrado a los descendientes de Caín; de allí surge el término “INCA” como inversión simbólica. La tribu de Túpac Yupanqui se llamaba en realidad Sapa Runas, y hablaban jaqar, un dialecto aymara.
Es indudable que los pueblos del sur arrastraban décadas de resentimiento contra las tribus del norte, a quienes consideraban usurpadores. Túpac Yupanqui rompió con la tradición de nombrar heredero únicamente a un hijo de linaje Pachacútec—nacido de una de sus hermanas— y tuvo un hijo con una princesa cañari, a quien nombró Huayna Cápac como sucesor. Este hecho transformó profundamente la estructura política y cultural.
Hasta entonces, los líderes hablaban dialectos aymaras; los cañaris, en cambio, hablaban puquina, una lengua emparentada con el quechua. Huayna Cápac, criado como cañari, impuso su lengua materna y trasladó la capital a Ingapirca. Según los relatos, en una gran celebración envenenó a sus medio hermanos "Pachacútecs" y estableció una nueva élite gobernante.
Las tribus del norte, comandadas por el general Rumiñahui y su hermana Quilago, resistieron durante años. Finalmente, Huayna Cápac recurrió a la misma estrategia de su padre: propuso una alianza matrimonial con Quilago. De esa unión nació Atahualpa, quien nació en Karanki. Más tarde, Atahualpa decretó el quechua como lengua oficial del imperio, provocando su expansión por toda la región andina y el progresivo desplazamiento del puquina, el jaqar y el aymara.
Tras la muerte de Huayna Cápac y la subsequente muerte de su sucesor inmediato, estalló la guerra civil. Huáscar se declaró emperador y declaró la guerra a Atahualpa, quien contaba con el apoyo de los generales más experimentados del ejército.
Mientras esto ocurría, Francisco Pizarro, junto a Almagro y el clérigo Luque, con el apoyo secreto de Gaspar de Espinosa, convenció a la reina Isabel de Portugal —regente entre 1526 y 1533 en ausencia de Carlos V— de nombrarlo gobernador del ficticio “Tahuantinsuyo”. Ficticio, porque incluso siglos después queda claro que numerosas tribus —como los Tsáchilas, los Awa, los Cayapas, los Achuar, los Shuar, los Chachis y muchas otras— jamás formaron parte de ese supuesto imperio.
La farsa fue tan evidente que Cristóbal Vaca de Castro viajó posteriormente para juzgar a los Pizarro por haber engañado a la Corona. Existe un registro histórico clave: al llegar a Popayán, Vaca de Castro preguntó sorprendido a Benalcázar por qué llamaban “incas” a pueblos tan distintos entre sí en lengua, fisonomía y costumbres. La respuesta fue reveladora: Pizarro hacía lo mismo. Llamaba “incas” a todos, aun sabiendo que se trataba de tribus diferentes.
Cuando Pizarro regresó a Tumbes, consiguió rápidamente la ayuda de los enemigos de Atahualpa. Confiado tras derrotar a los sureños y al mando de 80.000 hombres, Atahualpa no temió a un pequeño contingente de españoles. En noviembre de 1532, Pizarro tendió una emboscada en Cajamarca. Atahualpa fue capturado.
Temiendo por su vida, Atahualpa prometió llenar una habitación de 24 pies de largo, 18 de ancho y 8 de alto con oro, y otra igual con plata. El rescate fue entregado, pero aun así, el 29 de agosto de 1533, Pizarro lo condenó a muerte bajo acusaciones falsas. Tras convertirse al cristianismo para evitar la hoguera, fue finalmente estrangulado.
Al conocer la traición española, el general Rumiñahui ocultó las aproximadamente 750 toneladas de oro destinadas al rescate en lo profundo de las montañas de los Llanganates. Capturado poco después, fue torturado hasta la muerte sin revelar jamás la ubicación del tesoro.
Durante siglos, múltiples expediciones intentaron encontrarlo. La llamada Guía de Valverde describía su localización con precisión enigmática. Frailes, mineros y exploradores desaparecieron misteriosamente. En el siglo XX, la mina de Yanacocha —“Lago Negro”— comenzó a producir miles de millones de dólares en oro en la región señalada por antiguas pistas.
¿Es cierta la historia del tesoro? No puede afirmarse con certeza absoluta. Pero los hechos históricos, las desapariciones documentadas, los mapas, los relatos coincidentes y la enorme riqueza extraída de la región hacen que esta historia no solo sea plausible, sino profundamente reveladora.
Allí permaneció el tesoro durante muchos años hasta que un español que vivía en las montañas Llanganates, Valverde Derrotero, se casó con la hija de un sacerdote del pueblo. El sacerdote, tiempo atrás, había encontrado el tesoro y, conociendo la codicia española por el oro, le reveló a su nuevo yerno su ubicación. Derrotero había sido un hombre pobre, pero después del matrimonio se convirtió en un hombre muy rico. Algunos años después regresó a España y, en su lecho de muerte, escribió un edicto de tres páginas al rey, revelando la ubicación del tesoro. Conocido como la Guía de Valverde, el documento proporcionaba instrucciones detalladas sobre cómo encontrar el tesoro.
Inmediatamente, el rey envió a un fraile llamado Padre Longo para investigar la posibilidad de la existencia del tesoro oculto. Durante su expedición, Longo envió un mensaje informando que habían encontrado el tesoro, pero en su camino de regreso por las montañas, desapareció misteriosamente.
Unos 100 años después de la desaparición de Longo, un minero llamado Atanasio Guzmán, que había estado extrayendo minerales en las montañas de Llanganates, dibujó un mapa que, según él, conducía al tesoro. Sin embargo, antes de poder reclamar su hallazgo, al igual que Longo, desapareció en las montañas.
No se supo nada más del tesoro hasta 1860, cuando dos hombres, el Capitán Barth Blake y el Teniente George Edwin Chapman, creyeron haber resuelto el enigma y se pusieron en busca del tesoro. Blake hizo mapas de la zona y envió comunicaciones a su país. En una de sus cartas escribió:
"Es imposible para mí describir la riqueza que yace en esa cueva marcada en mi mapa, pero no podría sacarla solo, ni siquiera con miles de hombres... Hay miles de piezas de oro y plata de artesanía inca y preinca, las obras de orfebrería más bellas que uno pueda imaginar, figuras humanas de tamaño natural hechas de oro y plata labrada, pájaros, animales, tallos de maíz, flores de oro y plata. Vasijas llenas de las joyas más increíbles. Jarrones de oro llenos de esmeraldas."
Sin embargo, los hombres no pudieron disfrutar de su botín, ya que en su camino de regreso de las montañas, Chapman desapareció, y Blake, un oficial naval de carrera, cayó misteriosamente por la borda mientras transportaba parte del oro para venderlo.
¿Es cierta la historia? Es difícil estar seguro, pero sabemos que una enorme cantidad de oro y plata fue entregada a los españoles. Existen relatos históricos de personas que desaparecieron, o en el caso de Blake, que cayeron por la borda, después de anunciar que habían encontrado el tesoro. También cabe destacar que, en una de sus crípticas pistas al rey español, Derrotero mencionó un lago negro. En algún momento de la década de 1930, la mina de oro de Yanacocha (o Lago Negro) entró en funcionamiento. Hasta la fecha, la mina ha producido más de 7 mil millones de dólares estadounidenses en oro. Y si bien encontrar oro en la zona donde Derrotero dijo que se encontraría el tesoro no confirma necesariamente la veracidad de la historia, sí la hace sumamente valiosa.

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