La historia que nunca quisieron que se contara
Por Germánico Vaca
Voy a contar una historia que muy pocas personas conocen, pero que me fue transmitida como verdad. Es una historia digna de una película, una que instituciones poderosas preferirían que jamás saliera a la luz. Sin embargo, debe contarse, porque la verdad no pertenece a los gobiernos ni a las agencias de inteligencia: pertenece a la historia.
Conocí este relato a través de la jueza que emitió la orden de captura contra Pablo Escobar Gaviria. Ella y su esposo —uno de los profesores más prestigiosos de la universidad más importante de Colombia— llevaron a cabo años de investigación, pasando incontables horas con fiscales generales e investigadores criminales. Lo que descubrieron no fue simplemente perturbador; fue grotesco, espantoso y moralmente repugnante. Reveló un patrón de crímenes sistemáticos que no solo involucraba a delincuentes, sino también a actores estatales poderosos, particularmente a los Estados Unidos, en actos de profundo daño global.
Esta es la historia de uno de los capítulos más oscuros de la historia moderna.
En 1970 o 1971, Pablo Escobar tenía aproximadamente 21 años. En ese momento había robado un automóvil en Colombia y decidió venderlo en Ecuador a través de un contacto dedicado al tráfico de esmeraldas. Durante ese viaje, también había acordado recoger drogas como parte de un intercambio criminal menor.
Al entrar al tranquilo pueblo de Ibarra, en Ecuador, Escobar observó algo que lo impactó de inmediato: los agentes de aduana y la policía revisaban minuciosamente pasaportes, documentos y vehículos en busca de drogas y armas. Sin embargo, un automóvil de carreras que iba delante (cargado en un camión) de él pasó sin ningún tipo de inspección. Detrás, un camión cargado de llantas, para la competencia, tampoco fue revisado.
En ese instante nació una idea en un criminal que hasta entonces había pasado mayormente desapercibido.
Aquella observación se convertiría en la base de un método de tráfico a una escala que nadie había imaginado antes.
Pablo Escobar se dirigió a Yahuarcocha, asistió a la carrera, se empapó del ambiente de prestigio y emoción, y se presentó como “piloto de carreras colombiano”. Poco después contactó a sus socios criminales y, en cuestión de meses, ayudaron a financiar nuevo asfalto para lo que terminaría convirtiéndose en el "Autódromo Internacional de Yahuarcocha."
Pronto, traficantes de Colombia, Bolivia, Ecuador y Perú competían en carreras de autos en Ecuador. Entre ellos estaban los supuestos "corredores de carreras colombianos" y eran nada menos que líderes de los nuevos carteles del tráfico de drogas: los hermanos Montoya, Londoño y el propio Pablo Escobar Gaviria. Bajo la fachada del automovilismo, intercambiaban camiones llenos de llantas que ocultaban hojas de coca destinadas a los laboratorios en Colombia. Incluso los autos de carrera eran cargados con hojas de coca y precursores químicos necesarios para la producción de drogas.
Algunos pilotos fueron reclutados para la operación; muchos de ellos tendrían finales trágicos.
El dinero comenzó a fluir rápidamente. Para 1971, vehículos de lujo como el Porsche 906, Porsche 908, Porsche 917, Ferrari Dino y BMW Alpina competían en un pequeño pueblo ecuatoriano, un espectáculo extraordinario para la época. Nadie percibía ni sabía lo que realmente eran estas competencias. Pasaría a la historia como la era de oro del automovikismo ecuatoriano. Ningún piloto admitía vínculos ilícitos, pero muchos justificaban el financiamiento de esos autos con vagas “conexiones personales”.
Escobar y sus asociados acumularon enormes fortunas. Pero aquello era solo el comienzo.
Para 1976, Pablo Escobar Gaviria había establecido múltiples rutas para el tráfico de precursores químicos, hojas de coca, autos robados y repuestos. La estructura era laxa y no estaba formalmente reconocida como un “cartel”. Además, convenció a un primo suyo, entonces director de la Aeronáutica Civil de Colombia a principios de los 1980, de establecer rutas aéreas que expandieron drásticamente la operación.
Así nació El Señor de los Cielos.
Para 1986, Álvaro Uribe Vélez ya figuraba, según fuentes de inteligencia estadounidenses, como un traficante de mayor relevancia que el propio Escobar. Para entonces, Escobar había infiltrado informantes en el ejército, la policía y las aduanas. A inicios de los años 80 enviaba más de 75-80 toneladas de cocaína anuales a Estados Unidos. En 1982 ingresó a la política y fue elegido Representante del Pueblo.
A finales de los años 80 ocurrió un giro decisivo.
La CIA habría decidido apoderarse de los fondos de los carteles. Para ello utilizó un banco registrado en Luxemburgo, con sedes principales en Karachi y Londres: el Bank of Credit and Commerce International (BCCI). Inicialmente creado para facilitar pagos de operaciones de la CIA en Afganistán y Pakistan, el banco se expandió rápidamente debido a los ingresos provenientes del opio, el tráfico de armas y las guerras encubiertas en Centroamérica.
En su apogeo, BCCI operaba más de 400 sucursales en 78 países y controlaba activos superiores a los 20 mil millones de dólares, convirtiéndose en el séptimo banco privado más grande del mundo.
Según este relato, Álvaro Uribe Vélez fue reclutado por la CIA, se le fabricó un título académico y se le prometió la presidencia de Colombia a cambio de canalizar los fondos del narcotráfico hacia BCCI. A finales de los 80, los carteles colombianos depositaban allí su dinero, sin saber que el banco sería pronto el objetivo.
La CIA habría impulsado la intervención de los reguladores financieros, alegando mala supervisión. Las investigaciones revelaron lavado masivo de dinero, fraude financiero y control ilegal de un banco estadounidense. En julio de 1991, autoridades de siete países allanaron simultáneamente las oficinas de BCCI y cerraron sus operaciones.
El dinero desapareció. La CIA les robó todo el dinero a casi todos los carteles de droga de Colombia. El hombre que facilitó eso fue premiado como el nuevo presidente de Colombia y quitado de la listga de narcotraficantes a ser el hombre más digno, culto, lider ejemplar de la región. El circo montado tenía que convencer a los colombianos que gracias al bondadoso Tío Sam muy pronto se liberarían del narcotráfico. Y en gran parte era verdad. La CIA pasó controlarlo.
Durante las audiencias de investigación del colapso del BCCI en el Congreso de Estados Unidos, funcionarios de la CIA se negaron repetidamente a responder preguntas, invocando la “seguridad nacional”. Un intercambio se volvió célebre cuando un senador exigió respuestas bajo amenaza de consecuencias. La respuesta fue escalofriante:
“Senador, puedo responder sus preguntas, pero entonces tendría que matarlo por razones de seguridad nacional”.
Las preguntas cesaron.
Nunca hubo una investigación real. Nadie persiguió los miles de millones desaparecidos. BCCI desapareció del debate público y con él, toda rendición de cuentas.
Según esta versión de los hechos, el resultado fue claro: a partir de entonces, la CIA quedó profundamente involucrada en el tráfico de drogas desde América Latina hacia Estados Unidos.
La historia continuó, pero la verdad fue enterrada. Pero aclaro que me fue dicho que toda la evidencia existe, todos los datos fueron archivados y sin duda alguno por preservar la "seguridad nacional de los Estados Unidos" seguirá siendo mantenida en secreto. Me preguntó que pasará si algún día todos estos mosntruos que ha creado los Estados Unidos para mantenernos pobres, ignorantes, manejables y subyugados fuesen revelados. Pero ojo, esto es lo que me fue contado y aclaro que nunca he visto evidencia ni documentos. Lo que si estoy seguro es que todos niegan, todos dicen que "son rumores, son cuentos del pasado" y quien en su mente va a admitir que su hermoso Porche de un valor de sobre $100,000 en 1970 era pagado con "extraños lazos" y que misteriosamente casi todos los autos terminaron incediados o en accidentes.
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