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sábado, 3 de enero de 2026

¿Por que está los Estados Unidos atacando a Venezuela?


 ¿Por que está los Estados Unidos atacando a Venezuela? 

Por Germánico Vaca

Las estructuras económicas de los Estados Unidos son hoy más vulnerables que en cualquier otro momento desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Esta vulnerabilidad no es accidental ni simplemente cíclica. Es el resultado de políticas catastróficas, irresponsables y, en muchos casos, abiertamente ilegales impulsadas bajo el liderazgo de Donald Trump y de quienes lo manejan. Hemos entrado en lo que claramente se perfila como una falla sistémica en cascada, impulsada principalmente por la pérdida de confianza —tanto interna como global— en los Estados Unidos como pilar financiero y jurídico del orden mundial.

Varios procesos ya en marcha acelerarán esta dinámica. Sin embargo, el factor decisivo no es únicamente el reordenamiento global, sino la correlación directa entre acciones específicas tomadas por los Estados Unidos y los efectos opuestos a los que supuestamente se pretendía lograr. Lo que se está desarrollando no es una estrategia cuidadosamente diseñada, sino una secuencia de decisiones reactivas y cortoplacistas tomadas por un individuo incapaz de comprender la complejidad de los sistemas financieros globales.

Mucho antes de la crisis actual, Trump tomó decisiones que, aunque no fueron castigadas formalmente, tampoco pasaron desapercibidas. Las naciones del mundo observaron. La confianza comenzó a erosionarse. Las alarmas se encendieron.

Un punto de quiebre ocurrió el 21 de diciembre de 2017, cuando Trump emitió una orden ejecutiva que, en la práctica, creó leyes por decreto —una facultad reservada exclusivamente al poder legislativo. Bajo el pretexto de combatir “violaciones de derechos humanos y corrupción”, dicha orden otorgó al poder ejecutivo atribuciones unilaterales y extraordinarias para congelar activos e imponer sanciones sin debido proceso ni consenso jurídico internacional. Más allá de la justificación retórica, este tipo de medidas coercitivas unilaterales son ampliamente reconocidas como violaciones del derecho internacional.

Entre 2017 y 2019, estas facultades fueron utilizadas sistemáticamente contra Venezuela. Las sanciones, embargos y congelamientos de activos impidieron al país acceder a sus propios recursos financieros. Cuando la pandemia de COVID-19 golpeó al mundo, Venezuela —con sus cuentas bloqueadas— no pudo cumplir con los pagos relacionados con sus refinerías CITGO en Estados Unidos. Trump aprovechó entonces el mismo marco legal que había impuesto unilateralmente para proceder a la confiscación de dichos activos.

Lo que siguió no fue justicia; fue una expropiación de proporciones históricas. Dos refinerías, oleoductos, buques petroleros y más de 9.000 estaciones de servicio de CITGO —activos propiedad del pueblo venezolano— fueron efectivamente arrebatados. La justificación fue ideológica: el gobierno venezolano era “socialista”, como si una etiqueta política anulara los derechos de propiedad o el derecho internacional. La ironía histórica es evidente, considerando el prolongado involucramiento de Estados Unidos en la configuración política de Venezuela en décadas anteriores.

Este acto marcó el cruce de una línea fundamental. Por primera vez en la era moderna, Estados Unidos demostró que estaba dispuesto a apropiarse de activos soberanos de otra nación no mediante la guerra, sino mediante maniobras financieras. Ese mensaje fue recibido con absoluta claridad por el resto del mundo.

Aún más grave, Trump ha demostrado disposición a atacar no solo a adversarios, sino también a aliados. Canadá, Groenlandia, Panamá y Venezuela han sido colocados en la mira. El mensaje es inequívoco: alianzas, tratados y normas pueden descartarse cuando resultan inconvenientes. El poder, y solo el poder, define los resultados.

Las acciones de Trump no son el producto de una visión estratégica. Son reacciones —respuestas de pánico ante una realidad financiera que se deteriora rápidamente.

Para finales de 2025, Estados Unidos enfrentaba necesidades de refinanciamiento y renovación de deuda cercanas a los 9,2 trillones de dólares. Bajo el sistema derivado de Bretton Woods que ha regido las finanzas globales durante décadas, Estados Unidos debe vender bonos del Tesoro para sostener la emisión del dólar. Históricamente, esto funcionó porque la confianza global en la estabilidad estadounidense convirtió a los bonos del Tesoro en el principal activo de reserva del mundo.

Esa confianza hoy se está desmoronando.

China y Japón —los mayores tenedores históricos de deuda estadounidense— ya no son compradores netos. Por el contrario, están reduciendo su exposición. Para evitar provocar un colapso desordenado, esta liquidación se ha realizado en gran medida a través de intermediarios. Sin embargo, los bancos centrales del mundo lo han notado. La pregunta inevitable surgió: si los mayores compradores están saliendo, ¿quién está absorbiendo la deuda estadounidense y cómo está evitando Estados Unidos el default?

La respuesta es profundamente inquietante. El sistema ha recurrido cada vez más a ingeniería financiera, expansión monetaria y mecanismos opacos que se asemejan a la monetización indirecta de la deuda. Esto genera un riesgo sistémico a escala global. La confianza, una vez perdida, no puede restablecerse por decreto.

La aparición de los BRICS como una arquitectura financiera alternativa altera de forma fundamental este equilibrio. Una futura moneda de los BRICS —incluso con imperfecciones— obliga a sus miembros a reducir su exposición a la deuda estadounidense. La liquidación de activos denominados en dólares deja de ser una opción y se convierte en un proceso estructural.

En este contexto, la agresión de Estados Unidos contra Venezuela no es ideológica; es desesperada. Refleja a una nación que intenta externalizar los costos de su propio declive financiero. Las confiscaciones, sanciones y medidas coercitivas ya no son instrumentos de política: son síntomas de colapso.

Este comportamiento acelerará exactamente el resultado que Estados Unidos pretende evitar. Las naciones sudamericanas tienen ahora un incentivo poderoso para formar un bloque regional —no solo para la cooperación económica, sino para la defensa colectiva frente a la depredación financiera. A los ojos de muchos, Estados Unidos ha dejado de ser un socio para convertirse en una amenaza.

Los pretextos ofrecidos —socialismo, drogas, corrupción— son distracciones. La realidad subyacente es mucho más simple y mucho más peligrosa: el desmoronamiento de la hegemonía del dólar y la disposición de su liderazgo a convertirse en un ladrón de naciones antes que enfrentar una reforma estructural profunda.

La historia no juzgará este período con indulgencia. Y el mundo ya está avanzando en otra dirección.

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