Los Estados Unidos está falsificando el dinero
La afirmación de que 9,2 billones de dólares en deuda de Estados Unidos han sido “refinanciados exitosamente” no resiste un análisis económico riguroso.
Con rendimientos actuales de 1% a 3%, los bonos del Tesoro estadounidense ni siquiera cubren la inflación, y mucho menos ofrecen un rendimiento real positivo. En estas condiciones, ningún inversionista racional —ni público ni privado— absorbería voluntariamente billones de dólares en deuda a largo plazo sabiendo que está asegurando pérdidas reales.
De manera crítica, no existe evidencia creíble de que los compradores extranjeros tradicionales hayan intervenido a esta escala.
No hay compras verificables por parte de China, Rusia, Japón u otros grandes tenedores soberanos que se acerquen siquiera a los 9,2 billones de dólares. Por el contrario, los datos públicos muestran que muchos de estos países han reducido, y no aumentado, su exposición a los bonos del Tesoro de Estados Unidos.
En su lugar, la narrativa oficial se apoya en referencias imprecisas a entidades financieras registradas en jurisdicciones como las Islas Caimán o las Bahamas, territorios ampliamente conocidos por su opacidad, el uso de vehículos de propósito especial y estructuras de custodia indirecta. Estas entidades no representan fuentes independientes de capital real, sino mecanismos contables que ocultan al comprador final.
Todo ello apunta a que la supuesta refinanciación no se ha producido mediante una demanda genuina del mercado, sino a través de algún tipo de monetización interna de la deuda; es decir, una forma de expansión cuantitativa (quantitative easing) o de reciclaje del balance, en la que la Reserva Federal o instituciones vinculadas terminan comprando la deuda de manera indirecta. Eso es falsificación de dinero.
Aunque este proceso se presenta bajo etiquetas como “apoyo a la liquidez” o “estabilización del mercado”, la realidad económica es clara:
se crea dinero nuevo para absorber deuda que el mercado no quiere, permitiendo al gobierno declarar éxito en la refinanciación mientras, de forma silenciosa, se expande la base monetaria.
Este mecanismo no es neutro. Diluye el valor del dólar, transfiere los costos inflacionarios a la población y crea una ilusión de demanda donde no la hay. El resultado es un sistema frágil, sostenido más por la gestión del relato que por fundamentos económicos sólidos, y que depende de la distracción, el aplazamiento y la confusión pública.
En conclusión, si ningún país está comprando los bonos y los rendimientos reales son negativos, entonces la deuda no ha sido refinanciada en un sentido de mercado real. Simplemente ha sido monetizada y encubierta.

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