La Guerra
Económica Mundial No Declarada
Por Germánico Vaca
El mundo ya está en guerra.
La tragedia no es que esta guerra exista, sino que casi nadie la reconoce como
tal.
No se trata de una guerra de tanques y soldados,
sino de balances contables, monedas de reserva, cadenas de suministro y
soberanía financiera. No ha habido una declaración formal, no se han trazado
líneas visibles, pero las armas están activas y las víctimas se acumulan
silenciosamente en fondos de pensiones, presupuestos nacionales e industrias
colapsadas.
El conflicto comúnmente presentado como la guerra
entre Rusia y Ucrania suele describirse como una agresión unilateral. Esa
narrativa omite una realidad crítica: años de violaciones a tratados, expansión
de la OTAN y la instalación de infraestructura militar —aeródromos, sistemas de
misiles y centros de inteligencia— cerca de las fronteras rusas. Justificada o
no, Rusia interpretó estas acciones como una amenaza existencial y respondió
militarmente.
La respuesta de Estados Unidos y Europa, sin
embargo, fue mucho más trascendental que la ayuda militar en el campo de
batalla. Lanzaron un ataque financiero sin precedentes: congelación de activos
soberanos, sanciones masivas y la conversión del sistema financiero global en
un arma geopolítica.
Ese momento lo cambió todo.
Al congelar las reservas del banco central ruso,
Estados Unidos y la Unión Europea destruyeron un principio fundamental del
orden financiero internacional: que los activos soberanos eran inviolables. La
inmunidad soberana fue reemplazada silenciosamente por la obediencia política.
El mensaje al mundo fue claro: las reservas en dólares o euros solo son seguras
mientras el país se mantenga alineado políticamente.
Rusia no respondió con pánico financiero, sino
con represalias estructurales. Empresas occidentales fueron expulsadas, activos
confiscados, contratos anulados. Gigantes industriales europeos como Siemens y
Volkswagen sufrieron pérdidas devastadoras. Europa absorbió más de 120 mil
millones de dólares en daños directos y mucho más en pérdida estratégica a
largo plazo. Mientras tanto, los fondos rusos congelados no pueden ser
legalmente confiscados y, eventualmente, deberán ser devueltos o compensados.
Pero la respuesta más peligrosa no vino de Rusia.
Vino de China.
China comprendió inmediatamente el verdadero
significado de la congelación de reservas. Durante más de una década ha
diversificado silenciosamente sus tenencias, utilizando bonos del Tesoro
estadounidense como colateral en lugar de reservas permanentes. Esos dólares
fueron intercambiados por oro, derechos mineros, control de puertos,
infraestructura crítica y dominio de cadenas de suministro estratégicas.
Esto no fue especulación. Fue preparación.
Hoy China parece dispuesta a ir más lejos:
desprendiéndose de activos en dólares mediante swaps y mecanismos indirectos,
acelerando la desdolarización y posicionándose para introducir una nueva
arquitectura monetaria respaldada por una canasta de recursos naturales. Cuando
llegue ese momento, China podrá anunciar que ya no posee exposición
significativa a activos estadounidenses. Las consecuencias serían devastadoras.
Estados Unidos es consciente de este riesgo. Pero
no puede protestar. Hacerlo equivaldría a admitir que sus propios títulos se
están convirtiendo en pasivos. Tal admisión desencadenaría un colapso inmediato
de los mercados de bonos, destruiría fondos de cobertura, pensiones y sistemas
de retiro en todo el mundo.
El dólar está atrapado por su propia dominancia.
Paralelamente, las acciones de Estados Unidos
contra otros países —como Venezuela— envían una señal aún más alarmante. Sin
declaración de guerra, Venezuela fue objeto de sanciones extremas, embargos,
confiscación de activos, apropiación de reservas y bloqueo financiero mucho más
severo que el impuesto a Rusia. Esto no fue castigo; fue despojo. Y el mensaje
fue inequívoco: cuando Estados Unidos enfrenta estrés económico, el derecho
internacional deja de ser un límite.
Ese mensaje acelera la creación de nuevas
alianzas, sistemas de pago alternativos, repatriación de oro y monedas
regionales. El resultado no es cooperación, sino fragmentación. Y la
fragmentación es el preludio de las estampidas financieras.
Así comienzan los colapsos económicos: no por un
solo evento, sino por la pérdida súbita y colectiva de confianza. Cuando esa
confianza se rompe, no lo hace de forma gradual, sino abrupta e irreversible.
No estamos acercándonos a una guerra económica
mundial.
Ya estamos dentro de ella.
La única pregunta es si el mundo lo reconocerá
antes de que el colapso obligue a hacerlo.

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