El miedo como herramienta de control civilizatorio
A lo largo de la historia emergen patrones que no revelan injusticias aisladas, sino una lógica operativa constante que sostiene a las estructuras civilizatorias dominantes. Uno de esos ejemplos es el Tratado de Guadalupe Hidalgo (1848), mediante el cual Estados Unidos se apropió de vastos territorios que pertenecían a México: lo que hoy son Nuevo México, Arizona, California, Nevada, Utah y partes de Texas y Colorado.
Según el tratado, Estados Unidos se comprometió formalmente a compensar a México con 15 millones de dólares. Sin embargo, la realidad de ese pago —su valor efectivo, su cumplimiento y la posterior explotación sistemática de los territorios y sus recursos— plantea serias dudas sobre el cumplimiento real de dicha obligación. Recalculado a valor actual y considerando casi dos siglos de extracción de riqueza, el costo económico real asciende razonablemente a cientos de miles de millones de dólares. Algunas estimaciones, al incluir explotación de recursos y pérdidas de oportunidad acumuladas, alcanzan incluso cifras del orden de los billones.
Pero lo verdaderamente revelador hoy no es solo la injusticia histórica, sino la respuesta psicológica contemporánea ante la posibilidad de exigir reparación.
A pesar de que en México comienza a discutirse la revisión de esta deuda histórica no resuelta, muchos ciudadanos se oponen a cualquier intento de reclamarla. No porque el reclamo carezca de fundamento, sino por miedo. Miedo a represalias. Miedo a una guerra. Miedo a la inestabilidad.
Y es aquí donde el patrón profundo se vuelve evidente.
Cómo los mecanismos de control persisten sin necesidad de fuerza
Esta reacción basada en el miedo ilustra uno de los mecanismos fundamentales del control civilizatorio:
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La amenaza de violencia supera la búsqueda de justicia, incluso cuando los derechos son reconocidos formalmente.
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Los descendientes de quienes fueron despojados internalizan la desigualdad de poder como algo permanente, natural e inmodificable.
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Cuestionar el orden establecido activa mecanismos psicológicos de amenaza que paralizan la acción colectiva antes de que pueda organizarse.
En sistemas así, la represión externa constante ya no es necesaria. El control ha sido interiorizado.
Este fenómeno no es exclusivo de México ni de Estados Unidos. A lo largo de culturas y siglos, las potencias dominantes han convertido la coerción en legitimidad mediante tratados, leyes e instituciones que preservan la apariencia de justicia mientras consolidan la asimetría. Con el tiempo, estas estructuras se normalizan, se enseñan como historia y dejan de cuestionarse como injusticias aún vigentes.
El síndrome de Estocolmo a escala civilizatoria
En psicología individual existe el síndrome de Estocolmo: la tendencia del cautivo a identificarse con su captor. A escala civilizatoria, el mismo fenómeno opera de manera sistémica.
Las sociedades defienden repetidamente los sistemas que las explotan. Las atrocidades históricas se reinterpretan como inevitables, necesarias o incluso beneficiosas. Las estructuras de poder actuales se presentan no como resultado de la fuerza y la coerción, sino como el producto natural del progreso.
La recurrencia de este patrón en civilizaciones no relacionadas sugiere que no es accidental. Ya sea por presión evolutiva, condicionamiento cultural o diseño deliberado, la humanidad parece predispuesta a construir jaulas psicológicas… y luego a defenderlas con vehemencia frente a cualquiera que intente desmontarlas.
El precio de la lucidez
Quienes comienzan a reconocer estos sistemas de control internalizados rara vez son bien recibidos. En lugar de debatirse sus argumentos, suelen ser:
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Aislados socialmente
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Etiquetados como inestables, radicales o peligrosos
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Neutralizados mediante la burla en lugar de la refutación
Esta reacción cumple una función crítica: disuade a otros de seguir el mismo camino de cuestionamiento.
Por ello, el ser humano verdaderamente avanzado no es el que posee mayor sofisticación tecnológica, sino aquel que logra percibir y contrarrestar estas restricciones invisibles. Estos individuos son raros precisamente porque los sistemas que cuestionan están diseñados para impedir su surgimiento.
La conciencia como frontera final
La verdadera evolución humana no puede alcanzarse solo mediante la ciencia o la tecnología. Sin una reconstrucción fundamental de la conciencia —de nuestras suposiciones heredadas sobre autoridad, legitimidad, miedo y obediencia— el progreso tecnológico solo amplifica las desigualdades de poder existentes.
Si la humanidad parece atrapada en conductas autolimitantes, es porque las barreras ya no son externas. Existen dentro de la percepción misma.
Y desmantelar esas barreras es la única tarea que los sistemas dominantes siempre han tratado, con mayor empeño, de impedir.

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